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ANALES DE LA UNIVERSIDAD

Año I - Tomo II - Junio 1892 - Páginas 169 a 191
 

Algunas cuestiones sobre la moneda

Generalidades sobre las funciones y cualidades de la moneda.
-Monometalismo y bimetalismo. -El billete de banco inconvertible.

POR EL DOCTOR EDUARDO ACEVEDO

La moneda ejerce una doble función: sirve de agente intermediario en los cambios y de medida común de los otros valores.

En los pueblos embrionarios, el cambio se hace mediante la simple entrega de un producto por otro producto.

Refiere Stanley Jevons que una prima donna del Teatro Lírico de París, en una gira artística, dió un concierto en las Islas de la Reunión, cantando una parte de Norma y otros trozos musicales, y que al recoger su parte de beneficios en la boletería, recibió 3 cerdos, 23 pavos, 44 pollos, 5000 nueces y una cantidad considerable de bananas, limones y naranjas. He ahí el régimen del cambio, antes de la intervención de la moneda. Cada individuo da un producto en compensación de otro producto ó de otro servicio.

Como agrega el propio Stanley Jevons, ese régimen de la simple permuta, ofrece tres grandes dificultades en toda sociedad que se desenvuelve, y en la que se multiplica el número de los cambios bajo la presión cada vez más creciente de la división del trabajo.

En primer lugar, se requiere que el individuo que desea comprar un producto encuentre una persona que necesite ese producto y á la vez tenga para dar en cambio, el artículo que busca el otro contratante. El que posee trigo, desea entregarlo á cambio de un sombrero; pero es muy probable que el sombrerero á quien se dirige, no necesite trigo, sino carne; y es claro que el cambio tiene que fracasar.

En segundo lugar, puede ocurrir que aun coincidiendo la oferta con la demanda, se trate de un artículo indivisible que valga más que el otro y no pueda establecerse la equivalencia. Es un caballo, ó es una vaca, lo que se ofrece en cambio de un sombrero ó de otro artículo de menos valor; y el cambio fracasa también.

En tercer lugar, la permuta excluye toda medida común y fácil de los valores. El precio corriente de cada artículo, consistiría en una larguísima lista de todos los otros productos que pueden darse en cambio. Tendría que decirse que una fanega de trigo vale tantos sombreros, ó tantas arrobas de azúcar y así sucesivamente en interminable lista. Bajo el régimen de la compraventa, la moneda sirve de común denominador de todos los valores, de manera que los precios se fijan en moneda y no en otro producto, -diciéndose entonces, por ejemplo, que la fanega de trigo vale 5 pesos, y del mismo modo con todos los productos y servicios susceptibles de ser cambiados.

Son esas tres circunstancias las que han obligado á todos los pueblos en vías de civilizarse, á buscar un producto que sirva de agente intermediario de los cambios y de medida común de todos los valores.

Una vez que la moneda interviene, la permuta se desdobla en dos operaciones enteramente distintas, una de venta y otra de compra. El individuo que tiene trigo y necesita un traje, comienza por vender el trigo por cierta cantidad de monedas, y una vez provisto de ellas, compra el traje en cualquier parte, desde que la moneda que ofrece en cambio es aceptada por todo el mundo.

La compraventa, aunque compuesta de dos operaciones, se hace, sin embargo, mucho más rápidamente y con menores tropiezos que la permuta, cuya única operación exige coincidencias en la oferta y en la demanda, difíciles de realizarse, y presupone además largos debates sobre los precios en cada acto de cambio.

No todos los productos sirven de la misma manera de moneda. Es forzoso, desde luego, que el producto sea buscado y aceptado por todos, puesto que si se le rechaza en los cambios, no llenará sus funciones naturales de intermediario. Y se requiere además que sus variaciones de valor sean pequeñas é insensibles, pues de otro modo no podría servir para medir á los demás valores.

Se ha propuesto algunas veces el trigo como moneda; pero aparte de otros inmensos defectos, es evidente que su valor está sujeto á grandes y bruscas oscilaciones, según sea el resultado de cada cosecha anual, - y esas oscilaciones impedirían tomarlo como moneda.

Claro que no puede encontrarse para medir los valores un producto que valga siempre lo mismo y tan inalterable como lo son el metro para las extensiones, y el kilogramo para los pesos.

El valor es el juicio que nos formamos acerca de la utilidad de una cosa y del trabajo que ella representa ó debe representar. No hay, pues, valores absolutamente fijos, puesto que basta que cualquiera de los elementos constitutivos, la utilidad ó el trabajo, varíen, para que en seguida varíe también nuestro juicio sobre el valor.

Pero puede sí buscarse y encontrarse una mercadería que varíe menos que las otras, que esté sujeta á oscilaciones menos bruscas y casi insensibles en pequeños períodos de tiempo.

El oro sobre todo y la plata en menor escala, llenan admirablemente esa condición, debido por un lado á que su consumo aumenta constantemente y por otro lado á que la explotación de las minas sigue una marcha regular y no causa en el mercado alzas y bajas súbitas, como puede ocurrir con la generalidad de los productos.

Esos dos metales, aparte de la mayor estabilidad de su valor, son de fácil transporte, no se destruyen ni desgastan sino muy paulatinamente y tras larguísimo uso, no pierden ni desmerecen en nada por el hecho de la división, condensan en poco volumen un gran valor, reuniendo así todas las cualidades salientes para servir de agente intermediario de los cambios y de medida común de los demás valores.

Se explica entonces que hayan sido adoptados y continúen siéndolo por todos los pueblos civilizados, con la sola diferencia de que algunos han establecido como única moneda, ya el oro, ya la plata, mientras que otros aceptan los dos metales simultáneamente. El primero de esos sistemas es el monometalismo ó de talón único, que sólo acuerda valor chancelatorio ilimitado á un metal, quedando excluido el otro metal, ó lo que es más general, reducido á simple auxiliar de los cambios. El segundo es el bimetalismo ó de doble talón, en el que ambos metales tienen valor chancelatorio ilimitado, de manera que el deudor cumple entregando oro ó plata indistintamente, cualquiera que sea el monto de la deuda.

Los partidarios del bimetalismo alegan en apoyo de su doctrina que la coexistencia de los dos metales atempera las crisis monetarias, por cuanto es muy difícil que la crisis actúe á la vez sobre el oro y sobre la plata. Si es el oro el que se enrarece y se exporta de un país, quedará la plata como moneda circulante, continuando así sin tropiezos los cambios, que de otro modo tendrían que sufrir muchísimo.

Pero en el hecho, el bimetalismo rara vez existe realmente y los países que lo tienen adoptado en su legislación monetaria, son alternativamente monometalistas oro ó monometalistas plata, quedándose siempre con el peor y más depreciado de los dos talones.

Existe una ley formulada por Tomás Gresham, según la cual la mala moneda arroja siempre á la buena del mercado, sin que entretanto la buena moneda pueda arrojar de la misma manera á la mala.

Supóngase que la legislación monetaria de un país asigne el mismo valor de un peso á dos monedas de oro, de las cuales una tiene mayor cantidad de oro que la otra. Las dos gozarán de igual valor chancelatorio, de igual valor legal, pero una de ellas tendrá mayor valor comercial que la otra.

El joyero que tome esa moneda de mayor valor comercial y la haga fundir, ó el banquero ó simple cambista que la exporte para otros países, ganarán una buena comisión, consistente en la diferencia entre el valor comercial de esa moneda y el valor comercial de la otra que circula con la misma fuerza chancelatoria.

Vamos á citar dos hechos ocurridos recientemente en el Río de la Plata, que patentizan bien la verdad de la expresada ley de Gresham.

La libra esterlina y la moneda francesa de 20 francos, eran hace pocos años entre nosotros, las piezas más corrientes, las que más abundaban en la circulación. Es un hecho, entretanto, que hoy escasean de tal modo, que hay que ir á las casas de cambio para ver alguno que otro ejemplar disperso de ellas.

Lo que ha pasado es bien sencillo. Nuestra legislación monetaria daba y da hoy todavía á la libra esterlina y á los napoleones menos valor del que tienen en realidad por su cantidad de metal fino en la legislación de otros países; y los banqueros y cambistas las han ido exportando á medida que las acaparaban, ganándose así una excelente diferencia. Baste decir, para que se vea que la comisión no era despreciable, que algunos bancos y agencias de cambio, publicaron por mucho tiempo avisos ofreciendo un premio sobre el valor de las libras y napoleones.

El resultado ha sido que esas dos buenas monedas fueron desalojadas de la plaza de Montevideo por la mala moneda, ó sea por otra de menor valor intrínseco que ellas, pero de igual valor legal.

Un ilustrado compatriota que se ha ocupado mucho de nuestra legislación monetaria, ha sostenido recientemente que la cantidad de metal fino de mil libras esterlinas supera en 5 pesos al valor legal de las mismas 1000 libras en la plaza de Montevideo.

Ha pasado entonces aquí, aunque en muy pequeña escala, algo parecido á lo que ocurrió al Japón después de su alianza comercial con la Inglaterra y Estados-Unidos.

Los japoneses tenían una moneda de oro llamada kapanga, cuyo valor legal era solamente el tercio de su valor comercial en los demás países, y resultó que los primeros comerciantes que fueron al Japón se dedicaron con una voracidad muy explicable á la exportación de todas las kapangas, consiguiendo con ese solo acto de cambio triplicar su capital.

Otro hecho ocurrido en el Río de la Plata, en comprobación de la ley de Gresham, es la incesante exportación de las monedas de cobre argentinas.

En estos últimos años, en que el papel inconvertible ha sufrido notables oscilaciones, cada inmigrante que regresaba á su país se convertía en cambista, acaparando monedas de cobre que tenían igual valor legal que los billetes inconvertibles depreciados, pero cuyo valor real era y es muy diferente.

La diferencia de valor intrínseco, constituía una regular ganancia, que alentaba la incesante exportación del cobre, sin que al principio nadie atinara con la causa de la escasez de la moneda que así se escurría sigilosamente en el bolsillo de los que regresaban á su país. Pero esa explicación apareció bien clara, una vez que la prensa italiana denunció las constantes entradas de monedas de cobre argentinas que iban á gozar allí de su valor natural.

El Gobierno Argentino, que se preocupa ahora de hacer una nueva acuñación, tiene el propósito de reducir la cantidad de metal, á fin de suprimir la prima que mantenía y estimulaba la exportación.

He ahí, pues, otro caso que comprueba la verdal de la ley de Gresham, pues se ve que la mala moneda, que es el papel inconvertible, expulsa á la buena moneda del mercado, toda vez que á igual valor chancelatorio, el comercio le asigna prima al cobre sobre el papel.

Pues bien: la ley de Gresham, que vemos así actuar de una manera tan enérgica, basta y sobra para resolver la vieja controversia entre el monometalismo y el bimetalismo, demostrando de un modo irrefutable que en todo país que tenga dos padrones monetarios, naturalmente el uno ha de expulsar al otro, y lo que es grave, que será dueño de la plaza el peor y más depreciado de los dos metales aceptados por la ley.

La Francia es un país bimetalista y en ella el oro y la plata sirven indistintamente para chancelar cualquier deuda, habiéndose establecido que un gramo oro bajo la forma de moneda, equivale á 15 y 1/2 gramos plata.

Si los dos metales marcharan paralelamente, depreciándose y valorizándose juntos, sin que ninguno de los dos consiguiese alterar la enunciada equivalencia de 1 á 15 1/2, es claro que la ley de Gresham no podría cumplirse y el bimetalismo sería un sistema real y positivo.

Pero esa marcha paralela en el sentido de la suba ó de la baja de los dos metales, es perfectamente imposible, pues las oscilaciones de un producto dependen de multitud de causas que jamás actúan con igual energía sobre dos valores á la vez.

Aumenta la producción de un metal por el descubrimiento de nuevas minas, aumenta la demanda de ese mismo metal para ciertas aplicaciones industriales; ó al contrario, disminuye la explotación y disminuye la demanda para aplicaciones industriales.

En esos casos el valor del metal subirá ó bajará; pero se comprende bien que siendo causas tan variadas las que pueden promover la oscilación, lo natural, lo lógico es suponer que esas causas en el mismo momento no actuarán con igual energía sobre otro metal distinto.

Ahora bien: si eso es lo natural y lo lógico, claro está que apenas se altere la equivalencia de l á 15 1/2 en el valor intrínseco de los dos metales, una de las monedas se torna en buena y otra en mala, entrando á actuar entonces la ley de Gresham hasta desalojar la primera é implantar así de hecho el monometalismo del peor metal.

En 1865, se formó una liga monetaria, llamada la Unión Latina, en la que entraron cuatro países bimetalistas, que lo eran la Francia, la Italia, la Bélgica y la Suiza. Convinieron en que habría libertad ilimitada para acuñar oro y plata indiferentemente y que las monedas de uno de los países circularían en los demás que formaban la liga.

Pero en una nueva conferencia celebrada en 1874 se fijaron límites restrictivos á la acuñación de plata; y poco después, en 1878, los cuatros países convinieron en suspender en absoluto toda acuñación de moneda de plata, conservando íntegra su libertad para acuñar monedas de oro.

¿Qué había pasado?

La relación legal de 1 á 15 1/2 se había alterado comercialmente, debido á la mayor producción de plata, á la desmonetización de la plata en Alemania después de la guerra de 1870, que arrojó al mercado sendos millones del metal blanco y á otras causas análogas, que trajeron por resultado que la plata tuviera un valor intrínseco, un valor comercial, inferior al que le asignaba la legislación monetaria.

Quiere decir, pues, que 15 1/2 gramos de plata en barra, valían mucho menos que esos mismos 15 1/2 gramos plata acuñada; por manera que el que compraba lingotes realizaba un espléndido negocio con sólo llevarlos á la casa de moneda de cualquiera de los cuatro países de la Unión Latina.

El resultado, cada día más asustador, era que toda la plata disponible se dirigía á los países de la Unión Latina para ser amonedada y que simultáneamente todo el oro amonedado de esos países se marchaba al extranjero para gozar del fuerte premio que el comercio le asignaba sobre la plata.

Ahí también, pues, la mala moneda expulsaba á la buena del mercado, y fué menester que se suspendiese la acuñación de plata, para que la implacable ley de Gresham, no consumara la exportación total del oro y transformase el bimetalismo de la Unión Latina en el monometalismo plata, ó sea del peor de los dos metales.

Y no se diga que el defecto se corrige alterando en la ley la equivalencia de los dos metales, de manera que siempre conserven una relación legal en armonía con la relación comercial que tengan en estado de lingotes.

Desde luego, si hay algo que debe tener mucha estabilidad, es la legislación monetaria de un país, á cuyo amparo se realizan millones de contratos, que no deben ni pueden quedar sujetos á las contingencias de un cambio en el valor legal de las monedas.

Y además, para que la ley de Gresham se cumpla y quede destruido por su base el bimetalismo, basta que se produzca una pequeña oscilación en el valor de uno de los dos metales; oscilación que no podría en ningún país, por su propia pequeñez, dar origen á una corrección de las leyes monetarias. El cambista y el banquero reciben entretanto fuertes beneficios, aunque la diferencia en el valor de cada moneda sea en apariencia insignificante, porque especulan sobre millares de monedas y es ahí, en la magnitud de la operación, en donde encuentran su fuente de ganancias.

Hay que concluir, pues, que el bimetalismo es siempre un sistema inconveniente, como que arrebata al país su mejor moneda; y debemos agregar que sería en estos países del Río de la Plata, doblemente funesto, por la condición de deudores á que los condena y condenará por largo tiempo su balanza de comercio.

El Río de la Plata, en efecto, tanto por lo que adeuda de intereses, dividendos y beneficios á los capitales extranjeros aquí radicados, como por el excedente que de ordinario arroja el movimiento importador de mercancías, tiene todos los años que remesar fuertes cantidades de metálico al exterior; y se comprende bien que esas remesas deberían efectuarse siempre á expensas del oro, que es el que reclaman los acreedores y el más fácilmente exportable.

Ocurriría entonces que llegada la oportunidad de los pagos internacionales, el metal exportable sería muy demandado y subiría de precio, al mismo tiempo que por igual causa el otro metal, la plata, menos demandado y al contrario ofrecido en la Bolsa á cambio de oro, declinaría sensiblemente de valor.

La legislación actual de la República Oriental consagra el monometalismo oro; pero éste no es el sistema que siempre ha regido nuestra circulación monetaria.

La ley de Junio de 1862 declaró moneda nacional el peso de plata con peso de 25 gramos 480 milésimos y ley de 917 milésimos, y el doblón de oro con peso de 16 gramos 970 milésimos y ley de 917 milésimos, que representaría el valor de diez pesos plata.

El bimetalismo quedaba incorporado á nuestra legislación, que no establecía límite al poder chancelatorio de la plata, cuya moneda podía así emplearse exclusivamente en todos los pagos, cualquiera fuese su importancia.

Pero 3 años más tarde, en Marzo de 1865, la ley de Bancos estableció una importante limitación, prescribiendo en su primer artículo que los billetes bancarios serían pagaderos en doblones de oro sellado ó en su defecto en monedas del mismo metal. De manera que el Banco respecto de sus billetes operaba á oro exclusivamente y respecto de los depósitos podía escoger entre el oro y la plata, desde que quedaba en pie el principio del bimetalismo.

Vino luego el decreto-ley de 1876, que implantó el monometalismo oro, que es el sistema que continúa rigiendo actualmente. De acuerdo con ese decreto, la moneda de plata quedó reducida á la categoría de simple auxiliar para facilitar los cambios, estableciéndose que en los pagos que no excedan de 10 pesos, puede entregarse 4 1/2 pesos en plata, en los pagos que no excedan de 1000 pesos podrá entregarse hasta 10 pesos plata y cuando los pagos excedan de 1000 pesos podrá entregarse hasta un máximum de 20 pesos plata.

Es el mismo sistema adoptado en Inglaterra y el que mejor consulta por ahora las exigencias de nuestra posición comercial.

Desechado el bimetalismo, ó mejor dicho, demostrado que ese sistema no es posible, á mérito de la ley de Gresham, no hay duda alguna de que el padrón único tiene que ser el oro, desde luego, porque es el que reune en más alto grado las condiciones de una buena moneda; en segundo lugar porque la tendencia de los grandes pueblos es también favorable á dicho metal; y en tercer lugar, porque países como el nuestro, obligados á remesar fuertes sumas al exterior, tendrían fatalmente que comprar monedas de oro para la exportación y envilecer así su moneda, que no la aceptaría el exterior en pago, pero que la remesaría, eso sí cuando fuéramos nosotros los acreedores.

Aparte del monometalismo y bimetalismo, hay otra solución monetaria interesante, que conviene también examinar, ya que en diversas ocasiones ha surgido como una esperanza de salvación entre nosotros. Nos referimos al establecimiento de una moneda de papel inconvertible, garantida con títulos de deuda pública ó de otro modo.

Veamos ante todo el resultado de la aplicación de ese sistema en algunos de los países que lo incorporaron á su legislación monetaria.

El acta de Sir Roberto Peel, dictada en 1844, dividió el Banco de Inglaterra en dos grandes departamentos: uno de emisión y otro de operaciones de banco.

Estableció además que el departamento de emisión podría emitir billetes sin garantía metálica hasta la suma de 14 millones de libras esterlinas; pero que toda cantidad de billetes que excediera de ese límite, debería tener en caja una cantidad equivalente de oro. Por cada libra esterlina papel que emitiera arriba de los 14 millones, era menester previamente depositar, para su conversión, una libra esterlina oro. Sólo en esas condiciones el departamento emisor se encontraba habilitado para dar salida á los billetes, entregándolos al departamento gemelo de operaciones de banco.

Dos circunstancias tuviéronse en vista al establecer la inconversión de esos 14 millones de libras esterlinas.

En primer lugar, que el capital del Banco de Inglaterra había sido prestado al Gobierno y era más fácil á éste solventar su cuenta con títulos de deuda pública, que en la misma moneda metálica en que se había consumado el préstamo.

Y en segundo lugar, que el comercio inglés necesitaba para su movimiento transaccional por lo menos catorce millones de libras papel, que no podían llevarse á la conversión y que no se llevaban, en efecto, desde que la plaza los retenía constantemente.

La inconversión de esa cantidad de billetes era, pues, un hecho real y positivo y la ley no establecía nada nuevo al eximir al Banco de todo encaje metálico, para responder á una conversión de suyo imposible.

Actualmente, el monto de la circulación inconvertible y sólo garantida por títulos de deuda pública y otros valores inmovilizados, que no pueden venderse ni realizarse, se aproxima á 16 1/2 millones de esterlinas, por efecto de la propia acta de Peel, la cual estableció que desde 1844 en adelante no podrían fundarse nuevos bancos de emisión y que cuando desapareciera uno de los ya existentes, el Banco de Inglaterra podría añadir á su cifra de billetes inconvertibles, hasta las dos terceras partes de la emisión de que gozaba el establecimiento liquidado.

Varios años después, en 1863, los Estados Unidos de NorteAmérica transportaron el principio de la inconversión y garantía con fondos públicos á su legislación monetaria, y á semejanza de la famosa ley inglesa, establecieron como máximum á la circulación, 300 millones, y después 382 millones de dollars, máximum que fué, sin embargo, suprimido en 1875.

Los Estados Unidos hallábanse en plena guerra separatista y su Gobierno no podía recurrir á empréstitos comunes, para proveerse de los fondos que demandaba la continuación de la guerra.

Al lado de semejante exigencia de carácter financiero, había otra de carácter económico, no menos imperiosa y grave que la primera. Cada uno de los Estados de la Confederación del Norte tenía su ley monetaria y bancaria distinta, y era tal el caos reinante, que el billete de un Estado no tenía circulación en los demás y hasta muchas veces, apenas se aceptaba dentro de un limitadísimo radio alrededor del mismo establecimiento emisor.

Vino entonces la ley de 1863, en virtud de la cual todos los bancos que se acogieran á ella tenían que comprar títulos de deuda pública, y con ayuda de éstos obtenían en seguida del propio Gobierno, un 90 por ciento en billetes bancarios, cuya garantía, en caso de liquidación ó de quiebra, la constituían los dichos títulos de deuda pública depositados con ese objeto.

El Gobierno obtuvo así enormes sumas de dinero para continuar la guerra, que era el propósito inspirador de la ley monetaria, y conseguía al propio tiempo regularizar los billetes, mediante la emisión única garantida.

En cuanto á los efectos del sistema, Webster, reflejando según Stanley Jevons la opinión de los más ilustres estadistas de su país, ha dicho lo siguiente, del papel inconvertible:

"Nos ha hecho mayor mal que cualquier otra calamidad. Nos ha muerto más hombres, ha contribuido á corromper y á herir los intereses más caros de nuestro país y ha ocasionado más injusticias que las armas y los artificios de nuestros enemigos."

En la República Argentina, la forma de Gobierno federal había originado también un verdadero caos monetario, de donde resultaba que los billetes emitidos en una de las provincias, ó no se aceptaban en las otras, ó si se recibían, era imponiéndoles un descuento más ó menos fuerte.

Por otra parte, el Gobierno Argentino concibió el arrogante propósito de transformar la deuda externa en deuda interna, creyendo que la riqueza nacional había llegado en su desarrollo hasta el extremo de poder reemplazar al capital extranjero, al enorme capital extranjero recibido en préstamo.

En 1887, bajo el doble pretexto de uniformar el billete bancario y consumar la transformación de la Deuda Pública, se dictó la ley de bancos libres garantidos, que todavía rige, y según la cual todos los establecimientos de crédito que á ella se acogieran, tendrían que comprar al Gobierno, Títulos de Deuda Pública y luego canjear éstos por su valor en billetes, que en caso de liquidación del Banco, se pagarían con el producto de venta de los Títulos de Deuda comprados y depositados en una oficina pública.

La reforma se operó; pero con tan desastroso resultado, que en primer lugar los millones de oro entregados por los bancos emisores, lejos de aplicarse al rescate de las deudas, se consumieron en operaciones de Bolsa, desapareciendo casi en absoluto. Además esos mismos millones de oro, en su mayor parte, fueron obtenidos por las provincias mediante empréstitos en Europa, con lo que en vez de aminorar la Deuda Pública, se aumentó enormemente. Y por último, con todo escándalo, algunos de los bancos, en connivencia con el propio Gobierno, realizaron emisiones clandestinas por largos millones, que no estaban garantidos por títulos ni por ninguna especie de encaje.

¿Qué deducir de esta experiencia del billete inconvertible en Inglaterra, Estados-Unidos y Argentina?

El billete de Banco, mientras inspira confianza plena el establecimiento emisor, es inconvertible de hecho y tiene que serlo así, pues de otra manera no haría sino representar una cantidad equivalente de oro en las cajas del Banco, y lo que es la circulación del país nada absolutamente ganaría con el cambio, salvo el más fácil transporte de los valores.

Esa inconversión de hecho, que constituye una fuente de ganancias para el Banco y para la plaza entera, en cuanto aumenta la cantidad de moneda, la conocen y la aprovechan todos los banqueros, con más ó menos amplitud y firmeza, según el estado de la plaza y la confianza que inspira el establecimiento emisor.

Todo gerente de Banco sabe que, salvo circunstancias extraordinarias, puede emitir por una cantidad superior al encaje metálico; es decir, que si el Banco tiene 1 millón en metálico, puede emitir billetes por uno y medio ó dos millones, contando con que la conversión de éstos no es toda de golpe y que siempre el mercado necesita cierta cantidad de papeles.

Pero ¿en qué se funda esa inconversión de hecho, que permite emitir por el doble ó más del encaje metálico, en momentos normales y de completa confianza?

Deriva de la seguridad que tiene el público de que el Banco sabrá responder á su confianza, y que hará efectiva la conversión cuando llegue el momento, realizando al efecto los valores de cartera que sirven de garantía á los billetes emitidos.

Supóngase que se aminora ó desaparece el crédito del establecimiento emisor, ó bien que se produce un pánico, por la situación general de la plaza: todos ó la mayor parte de los billetes afluyen bruscamente á las oficinas del Banco y la inconversión de hecho desaparece instantáneamente.

Puesto que la circulación del papel depende de la confianza, es natural y lógico que cesando la confianza, desapareciendo el crédito, el billete vuelva á las oficinas del Banco y pierda así su calidad de agente intermediario de los cambios.

Pero supóngase que la ley, partiendo de aquella inconversión de hecho, exime al Banco de toda obligación de convertir y concede fuerza chancelatoria al billete, cualquiera que sea la confianza ó desconfianza que inspire el establecimiento emisor.

Mientras el Banco marcha correctamente, nada nuevo le concede la ley, desde que ya goza de una inconversión de hecho, de una inconversión que preexiste á la ley misma y se manifiesta independientemente de ella.

Pero una vez que el Banco ya no inspira confianza, sea porque emite mayor cantidad de billetes de lo que autoriza la plaza, sea por la falta de seriedad de sus operaciones, sea por un sentimiento general de desconfianza de esos tan naturales en épocas de crisis, el billete tendrá que conservarse en circulación y seguir en su rol de moneda, cuando precisamente le falta su base única, que es la confianza.

Ocurre entonces que se deprecia con más ó menos energía, según las condiciones de la plaza y del propio Banco emisor; y al depreciarse deja un vacío, que debe forzosamente llenarse con nuevas emisiones de billetes inconvertibles.

Los partidarios del papel inconvertible parten de la base de que toda plaza comercial requiere cierta cantidad de moneda papel y que la ley debe limitarse á autorizar la emisión inconvertible hasta ese límite y no más allá.

Necesita, por ejemplo, la República Oriental 15 millones de pesos papel, que es más ó menos lo que han puesto en circulación nuestros bancos en los tiempos de pleno auge del crédito.

Pues bien, se dice, la ley debe autorizar la emisión de billetes inconvertibles hasta esa cifra, que representa lo que necesita el país para sus cambios y para desenvolver su movimiento transaccional, por cuanto es ése el medio eficacísimo de impedir la depreciación.

Pero es evidente la ilusión de los que así raciocinan, puesto que el límite sólo subsistirá mientras el billete no se deprecie, mientras el papel continúe circulando por su valor nominal.

Si en un momento de pánico, ya por el mal estado del Banco, ya por la situación general del país, el billete se deprecia y empieza, por ejemplo, á cotizarse al 200% con relación al oro, sucederá que los 15 millones existentes sólo tendrán un poder de compra por 7 1/2 millones y que la depreciación causará así un hondo vacío, un vacío igual al que hubiera producido la reducción á la mitad del billete circulante.

Verificada la reducción del poder de compra del billete, producido el vacío, se hace entonces indispensable emitir 15 millones más de pesos, pues sólo así vuelve á mantenerse en circulación un capital que, aunque de 30 millones ahora, representa, en cuanto á poder de compra, la misma suma de los 15 millones cuando circulaban á la par y por su valor nominal.

Desgraciadamente, ocurre que la nueva emisión aumenta las desconfianzas en vez de conjurarlas, y es causa ella misma de una nueva depreciación, de una nueva baja, que inmediatamente ó al poco tiempo obliga á emitir mayor cantidad de billetes inconvertibles.

Suponiendo que el papel se reduzca al 400%, claro está que los 30 millones circulantes sólo tendrán un poder de compra igual á la cuarta parte de esa suma, y que, por lo mismo, sólo existirán en plaza 7 y 12 millones de los antiguos y buenos pesos, á la par, que habían servido para la determinación del máximum de los papeles inconvertibles.

La emisión tendrá que elevarse á 60 millones de pesos, que será precisamente la cantidad de moneda que el país necesita para su movimiento transaccional; y claro está que la nueva oleada de papel, provocando á su turno nuevas desconfianzas y temores, traerá vacíos en la circulación, que deberán también llenarse, so pena de que el medio circulante escasee y sufran los Cambios.

La depreciación de cada serie de billetes, será mayor ó menor de la que aquí señalamos, pero de todos modos la cadena de las nuevas emisiones se hace interminable, y el país que ha entrado en el sistema con unos pocos millones inconvertibles, llega un momento en que ya no le será posible detenerse en la fatal pendiente del empapelamiento.

Es lo que le ha pasado á la República Argentina con su ley de inconversión. En 1883, el papel moneda emitido sólo llegaba á 40 millones de pesos fuertes. En 1885, llegaba á 65 millones. En 1888, subió á 88 millones, y después de esa fecha, año por año, han venido aumentando las emisiones, hasta exceder hoy día de la enorme cifra de 300 millones de pesos.

Ahora bien: en 1883, los 40 millones de pesos papel estaban á la par y los 300 millones actuales han estado al 450 y están ahora al 330, lo que importa decir que los argentinos sólo tienen el equivalente de 91 millones de los antiguos pesos á la par que existían en 1883.

Se explica entonces que cada nueva baja del papel cause el mismo efecto que la desaparición de una parte de la moneda y que se haya producido el caso, hace algunos meses, cuando el oro estaba al 450%, de que todo el país se quejaba de la escasez de papel y eso nada menos que con una estupenda circulación de 300 millones. Es que el tipo de 450% había reducido, realmente, el poder de compra de los 300 millones á sólo 66 1/2 millones de los viejos pesos á la par.

Los Estados-Unidos, con el propio sistema que les imitaron los argentinos, habían ya dado el ejemplo de la depreciación del papel inconvertible, que en ciertos momentos llegó al 250%, de su valor nominal. Sólo los inmensos recursos de ese país excepcional, en donde las rentas públicas arrojan anualmente un superávit de cien millones y hasta de mayor cantidad aún, han permitido ir contrarrestando los desastrosos efectos del sistema de las emisiones garantidas y volver á la conversión, como han vuelto ya desde 1879, después de largos años de inconversión.

El único ejemplo permanente que podrían invocar los partidarios del papel inconvertible, es el del Banco de Inglaterra, cuya circulación se mantiene á la par, no obstante los 16 y 1/2 millones de libras esterlinas emitidas sin cubierta metálica y bajo la garantía de fondos públicos y valores inmovilizados.

Pero ese ejemplo no debe ni puede imitarse con igual éxito más allá de las fronteras inglesas.

El Banco de Inglaterra administra la reserva metálica de todo el país, como que es el depositario de todo el capital flotante en la plaza de Londres y de todo el excedente que tienen los demás establecimientos de crédito ingleses. Su quiebra sería la quiebra de todo el comercio inglés, y antes que la catástrofe se produzca el país entero lo sostendría con todos sus recursos; y si todavía el esfuerzo nacional fuera impotente, otros colosos bancarios, como el Banco de Francia, vendrían, como siempre han venido, en su ayuda, á fin de librarse ellos mismos de la inmensa conmoción de la caída del Banco de Inglaterra.

Agréguese á esa ciega é ilimitada confianza en la estabilidad del Banco, la admirable prudencia de sus Directorios y del propio gobierno inglés, que mantienen siempre á su gran institución nacional de crédito en la vía derecha de los buenos y correctos procedimientos bancarios, y se explicará entonces que el billete inconvertible, limitado á lo que necesita diariamente la plaza para su mecanismo transaccional, no haya sufrido en estos últimos tiempos las bajas que experimentó á principios del siglo y que sufrieron los Estados-Unidos y la Argentina.

Para apreciar la admirable prudencia de la administración inglesa, baste saber que en las tres grandes crisis de 1847, de 1857 y de 1866, el Parlamento, en vista de la escasez de moneda, suspendió el acta de Peel y autorizó al Banco á ultrapasar el límite de la emisión inconvertible; y que el Directorio del Banco sólo hizo uso de esa autorización en 1857 y aun entonces sólo ultrapasó el máximum reglamentario de 14 millones en menos de 1 millón de libras!

En las dos graves crisis de 1847 y de 1866, bastó para tranquilizar al comercio y al país y combatir eficazmente el pánico, el hecho sólo de que el Banco podía exceder, en caso necesario, el máximum de la emisión inconvertible, y el Directorio se abstuvo de hacer efectiva la autorización que habíale acordado el Parlamento.

¿En qué otro país del mundo y bajo qué otra administración bancaria, se habrían dejado así tranquilas y sin sudar las máquinas destinadas á empapelar la circulación?

Lo que es aquí en el Río de la Plata, demuestra, por ejemplo, la República Argentina, que el Gobierno y los bancos oficiales, confabulados, multiplicaban escandalosamente los billetes inconvertibles, contra la ley expresa, mediante emisiones clandestinas que se hacen subir á más de 50 millones de pesos.

El sistema del billete inconvertible es arma peligrosísima en manos de Gobiernos ó Directorios que no marchen correctamente, porque nada resulta tan fácil como empapelar á un país y hasta rodear el empapelamiento de cierto prestigio momentáneo, por la prosperidad é inflación que provoca, antes del derrumbe, antes de la crisis que fatalmente sobreviene en seguida.

Hay otras razones más que debemos invocar en estos países del Plata contra el sistema del billete inconvertible, que lo hacen totalmente funesto aun en el supuesto de que exista una administración política y una administración bancaria perfectamente correctas y ordenadas.

Nuestra industria todavía embrionaria, nos obliga á ensanchar las importaciones de productos mucho más enérgicamente que el ensanche que reciben las exportaciones, y es por ello que en las épocas de prosperidad, cuando más abunda el capital y más se difunde él crédito, lo que crece con vigor y de un modo inusitado es siempre la importación de mercaderías, de lo cual resultan contra el país fuertes saldos comerciales que deben chancelarse con oro, ya que la exportación no crece con igual energía.

Al propio tiempo que existe esa tendencia que inclina en contra del país la balanza de comercio, tenemos que pagar al extranjero fortísimas sumas de dinero por concepto de intereses y amortización de deudas públicas, y garantías y beneficios y dividendos de todo el capital europeo vinculado á nuestras industrias y á nuestro comercio, bajo forma de bancos, saladeros, ferrocarriles, grandes sociedades de comercio y otras.

La obligación de exportar oro en chancelación de esos saldos internacionales, nos coloca en la situación más desventajosa que cabe imaginar, una vez que llega el momento de pagar al exterior.

Bajo el régimen metálico, la moneda circulante es la misma que se exporta en caso necesario, de manera que todo lo que puede ocurrir es que momentáneamente experimente una rebaja nuestro stock metálico.

Pero bajo el régimen del papel inconvertible, el pago de los saldos internacionales impone á todo el comercio y al propio Gobierno deudor, el ir á la Bolsa para vender papel y comprar oro, y esta doble operación, de la que no puede prescindirse, trae consigo, fatal é ineludiblemente, la depreciación del billete lanzado á la Bolsa y la suba correlativa del oro demandado.

En el mercado inglés no pasa esto, pues como lo hemos dicho en el capítulo sobre la balanza de comercio, la totalidad de los créditos contra los demás países supera á la totalidad de las deudas que pesan sobre el mercado inglés. Si bien la Inglaterra en los últimos 5 años ha tenido un excedente de importaciones de mercaderías por valor de 800 millones de libras esterlinas, el déficit ha quedado cubierto y con creces por todo lo que la plaza ha recibido por concepto de intereses y beneficios de todos los países del mundo que son tributarios de su capital.

Y así prueba, por ejemplo, la estadística que en dichos 5 años, desde 1887 á 1891 inclusive, la entrada de oro y plata ha sido de 140 millones de libras esterlinas y la salida de metálico de 123 1/2 millones, quedando á la Inglaterra una diferencia favorable de 16 1/2 millones de libras. ("L'Economiste Français" correspondiente á Enero de 1888 y 1890 y Febrero de 1892.)

En tales circunstancias, el papel inconvertible y mucho más en la cantidad limitada que existe en Inglaterra, ha podido y puede circular sin peligro ni trastornos monetarios de ninguna especie.

Pero, repetimos, en países obligados á remesar fuertes sumas de metálico, la depreciación del billete se hace inevitable, desde que es un fenómeno bien natural y lógico que un papel que se ofrezca mucho en la Bolsa decline de valor, y que otra moneda muy buscada suba de precio relativamente á las demás.

Y producida la depreciación, surge un vacío en el agente de los cambios, que, como lo decíamos antes, provoca nuevas emisiones de papel, que son á su turno causas de baja y de constantes oscilaciones en el mercado.

Resulta de ahí una tremenda instabilidad en el valor de la moneda inconvertible, pues en la época de las exportaciones de frutos y productos del país el tipo del billete mejora, en razón de que el país es entonces acreedor del exterior, y en seguida, en la época de las importaciones baja en las pizarras de la Bolsa, porque el país se convierte en deudor y tiene que remesar oro al exterior.

Otra causa de depreciación puede actuar todavía y actúa indudablemente en los pueblos que no han alcanzado cierto grado de corrección financiera.

La garantía del billete inconvertible es el título de deuda pública, pero el título de deuda pública en el Río de la Plata no tiene fijeza alguna y puede sufrir oscilaciones tremendas y bruscas. Nuestra Deuda Unificada, por ejemplo, que se cotizaba al 80% en 1889, declinó al 30 durante la última crisis y ahora mismo no consigue llegar al 40%, ó sea á la mitad de lo que valía corrientemente hace apenas 3 años. - Lo mismo ó peor todavía les ocurre á los argentinos.

¿Cómo, pues, dar al billete una garantía que puede en cualquier momento reducirse á la mitad ó á la tercera parte, y que, como es natural, tiene que producir ella misma la depreciación del billete?

Una moneda cuyo valor siga las fluctuaciones del crédito público en países que todavía no lo han asentado sobre bases sólidas, tiene fatalmente que ser una mala moneda y que ocasionar grandes trastornos en el mercado.

Porque no ya la bancarrota, puede provocar una oscilación brusca en el tipo de las deudas públicas. Presupuestos exagerados, falta de orden en la gestión de la hacienda pública, cualquier conflicto exterior, la noticia de la contratación de un nuevo empréstito: todo eso puede alterar el tipo de las deudas y motivar oscilaciones en el valor de los billetes emitidos bajo su garantía.

En resumen, pues, actúan en el Río de la Plata todos los factores susceptibles de exagerar los vicios y peligros de la moneda inconvertible: gobiernos inclinados á abusar de las emisiones, como recurso financiero, ya dentro de la ley, ya en abierta oposición con ella; administraciones bancarias que en los establecimientos de crédito vinculados al Gobierno han dado en todo el Río de la Plata los ejemplos más deplorables, las orgías más estupendas; Balanza de Comercio ordinariamente desfavorable, que obliga á exportar oro, mediante la venta del papel en la Bolsa; y por último, falta de fijeza y al contrario bruscas y fuertes fluctuaciones en el tipo de las Deudas Públicas que sirven de garantía al billete inconvertible.

Y como consecuencia necesaria de todo esto, el empapelamiento creciente del país, desde que cada baja obliga á emitir nuevas cantidades de billetes; por manera que el país que incorpora á su sistema monetario el billete inconvertible, jamás puede calcular hasta dónde irá ni cuándo podrá retroceder en la fatal pendiente.

En presencia de ello, ¿no es bien explicable la profunda resistencia de nuestra plaza á todo ensayo de moneda inconvertible?

Cuando en 1875 se decretó el curso forzoso, todo el comercio suscribió un compromiso obligándose á negociar exclusivamente á oro; y cuando más tarde, en 1890, se produjo la bancarrota del Banco Nacional y el Gobierno realizó esfuerzos extraordinarios para garantir y mantener en circulación los 7 millones escasos que estaban diseminados en el país, otra vez el comercio se puso de pie y reprodujo el convenio anterior, con el mismo éxito que entonces, es decir, consiguiendo desmonetizar y arrojar de la circulación al billete inconvertible.

La actitud del comercio de Montevideo ha sido y es salvadora, si se encaran los grandes y permanentes intereses del país en lugar de mirar tan sólo el alivio del momento que podría traer el billete inconvertible.

Claro que á la caída del Banco Nacional en 1890, en que desaparecían bruscamente de la circulación muchos millones de moneda, sé habría conseguido aplazar el derrumbe, manteniendo la emisión circulante en esa época.

Pero si hay una cosa evidente, es que por efecto de las diversas causas que hemos examinado en este artículo, las emisiones habrían ya saltado la valla de los 7 millones y hoy tendríamos el doble y hasta el triple, y, lo que es más grave, estaríamos en un camino en que ya no nos detendríamos, agravando la caída inevitable, con la concurrencia de un nuevo y funesto factor.

Con nuestra circulación á oro, la crisis que acaba de estallar en el país, tiene que hacerse sentir con más violencia y la liquidación de negocios tiene que producirse sin atemperantes de ninguna especie.

Pero hecha la liquidación general de negocios, que rara vez se prolonga por más de dos ó tres años, comienza el ahorro del país en el terreno firme del oro, sabiéndose lo que se tiene, sabiéndose lo que se ha salvado del desastre, mientras que bajo el régimen del papel inconvertible, todo queda sujeto á las fluctuaciones de la moneda y el país no sabe si ahorra, desde que una depreciación cualquiera lo lleva otra vez á liquidar lo que se creía liquidado y mantiene los valores en una perpetua incertidumbre.

No terminaremos, sin demostrar la inconsistencia de un argumento que generalmente se invoca á favor del billete inconvertible. - En la República Argentina, se dice, la vida es más barata que en Montevideo. Un sombrero que aquí cuesta cuatro pesos oro, vale allí simplemente diez pesos papel, que al tipo del 300 representan alrededor de tres pesos oro. Un traje que aquí vale 30 pesos oro vale allí 60 pesos papel, equivalentes á 20 pesos oro. Y así con los demás artículos. Respecto de los artículos de fabricación nacional ocurre eso efectivamente; pero lo que también ocurre y no se confiesa del mismo modo por los admiradores del billete inconvertible, es que los argentinos reciben su remuneración ó sus sueldos en papel depreciado.

Un dependiente de escritorio gana en Buenos Aires alrededor de ochenta pesos papel, que al tipo de 300%, importan 26 pesos oro. El sombrero le cuesta 10 pesos, ó sea la octava parte de su sueldo. Aquí ese dependiente ganará sólo treinta y dos pesos oro y el sombrero le cuesta cuatro, ó sea también la octava parte de su sueldo.

Un sirviente gana allá 20 pesos papel, que al mismo tipo del 300% son algo más de 6 pesos oro, y un par de botines le cuesta 5 pesos, ó sea la cuarta parte del sueldo. Aquí el sirviente obtiene de 12 á 15 pesos oro y el par de botines le cuesta de 3 á 4 pesos, ó sea también la cuarta parte de lo que gana.

La relación entre el valor de lo que se gana y el valor de lo que se gasta no se altera, pues, y si hay personas que se forjan la ilusión de que existe mayor baratura en Buenos Aires, proviene de que se van de aquí con sus monedas de oro en el bolsillo y encuentran que una libra esterlina vale 16 pesos y que con ella se compran á bajo precio los artículos elaborados en el país.

Pero lo que es para los que viven allí, la baratura es un mito, desde que ellos reciben la remuneración de su trabajo en papel depreciado y esa remuneración no va subiendo á medida que el papel decae, ó si sube, choca con la suba correlativa de todos los precios, de manera que el alza de los salarios queda nominal.

La ilusión de la baratura, para los que van de aquí con su oro en el bolsillo, es tan explicable como la ilusión de la carestía que nuestros precios provocan en el fabricante argentino. Un zapatero de Buenos Aires decía recientemente á un amigo nuestro, que le refería que en Montevideo un buen par de botines valía siete pesos: "¡Pero, señor, esos zapateros orientales deben ser millonarios, puesto que 7 pesos oro representan 25 pesos papel, y yo no vendo en mi tienda botines tan caros!" Pero si el asombrado industrial argentino se viene por acá, con la ilusión de hacerse rico, se encontrará con que tiene que pagar á oro la casa, la comida, los cueros y los jornales, de manera que en definitiva, sus ganancias serán aquí lo mismo que allá, pero no mayores.

Si de los artículos de fabricación nacional pasamos á los de procedencia extranjera, se ha visto y se ve todavía hoy mismo que ciertos artículos se venden por un precio mucho más bajo que aquí. Pero esta diferencia es transitoria y ella se explica perfectamente, en primer lugar porque la plaza estaba muy surtida de ciertos artículos que no eran de primera necesidad, y con precios altos nadie compraba; y en segundo lugar, porque buena parte del comercio argentino que se encontraba en descubierto con las fábricas europeas, ha obtenido quitas, y arreglado mediante un dividendo, pero á condición de liquidar en el acto, vendiendo las mercancías á precio de costo y aun más bajo todavía.

Salvo esa baratura transitoria y bien explicable, los productos importados, desde que se pagan á oro tienen que valer lo mismo que aquí, salvo la baja que permite el pago á papel de los peones y empleados y alquileres de casa, de la que sin embargo no aprovechan los argentinos, puesto que ellos reciben también á papel la remuneración de su trabajo.

La diferencia de giro comercial, de régimen de impuestos, de gastos de puerto, puede originar también cierto abaratamiento de los artículos que despachan las aduanas argentinas, pero que nada absolutamente tiene que ver con la diversidad de moneda circulante.

El giro comercial argentino es mayor que el nuestro y permite operar en escala más vasta y rebajar por lo mismo todos los gastos, como siempre los rebaja la grande sobre la pequeña industria. Un establecimiento que importe mercancías por valor de medio millón de pesos, gastará menos que cinco casas separadas que importen por valor de cien mil pesos cada una. El fabricante europeo y las empresas de transportes, le harán concesiones y el personal de empleados y gastos de alquiler representará menos que lo que exigirían las cinco casas funcionando con independencia. Y cuando ese mismo gran establecimiento revenda al por mayor ó al detalle, podrá dar sus artículos á inferior precio, porque sus lucros, aunque pequeños en cada operación, los agranda el movimiento transaccional del año entero, más considerable que el de las casas que giran sólo la quinta parte de capital.

Relativamente al régimen de impuestos, puede ocurrir y ocurre, que lo que un comerciante argentino paga por concepto de impuestos aduaneros, patente de giro y otros, sea menor de lo que paga en Montevideo, y desde que la tendencia es siempre á descargar el impuesto sobre el consumidor, el mismo producto se venderá más barato allá que entre nosotros. Por ejemplo, el carbón de piedra que paga en nuestra aduana el 6%, en Buenos Aires está libre de derecho y puede cotizarse á un precio inferior.

Relativamente, por último, á los gastos de puerto, las dársenas argentinas que suprimen el lanchaje y permiten descargar sobre el muelle mismo, es natural que no encarezcan el artículo tanto como lo encarece nuestro puerto.

Pero estas diferencias son independientes de la diversidad de medio circulante en uno y otro país y provienen tan sólo del mayor giro del comercio argentino, del régimen de impuestos y gastos de puerto.

No hay motivo, pues, para alterar nuestra circulación á base metálica, que si en las crisis hace más tirante la situación comercial, tiene en cambio la doble ventaja de precipitar la liquidación de los malos negocios y en seguida de permitir la reacción sobre bases sólidas y realmente inconmovibles.

Estamos, es cierto, colocados entre dos países papelistas; pero esa situación, lejos de aconsejarnos la aceptación del papel, nos obliga á conservar nuestro régimen metálico. Todos los esfuerzos de los estadistas argentinos y brasileros, se dirigen á la supresión del papel moneda, y si todavía no han tenido éxito, débese á la escasez de recursos pecuniarios para realizar la obra y á la asustadora deuda que representa el papel inconvertible.

Tenemos un país extremadamente rico, en el cual el capital saca corrientemente un 10 ó un 12% de utilidad, y es claro que ese interés altísimo frente á frente del miserable 2 y 1/2 á 3% que reditúa el capital en Europa, tiene que dirigir á la República Oriental, como ya dirigió en épocas anteriores, una regular corriente de metálico, á poco que inspire confianza la marcha financiera y política y borremos la mala impresión causada por la reciente bancarrota.

Ahí, en el trabajo que atrae y asimila el capital extranjero vinculándolo á nuestras industrias, está la salvación y no en el peligroso morfinismo del papel inconvertible, que si aplaca momentáneamente los dolores, es para ahondarlos y volver más terrible el desenlace de la crisis.

 

 
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